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REYNALDO ARENAS Y CÉSAR VALLEJO

enero 31, 2012


No puede existir una representación más cabal de la figura de un personaje como César Vallejo, sino existe de por medio una identificación plena con sus más caros ideales, sus luchas y sus esperanzas que, cuál inmenso huracán, emerge desde los sustratos quebradizos del infortunio, para transformarse en el impulso vital que permite vencer las más duras pruebas de la vida. Es éste impulso vital del poeta, que Reynaldo Arenas trasciende magistralmente en las tablas de un escenario.
Si nos ubicamos en la disyuntiva del Hamlet Shakesperiano, Ser o no ser, Arenas traduce magníficamente el Ser del poeta de Santiago de Chuco, porque evoca entre los planos que difieren la dualidad ─real o ficticio─ del mundo teatral, al Vallejo de carne y hueso, que hizo de su vida un cúmulo de interrogantes por resolver.
Y no hay nada más importante en este arte escénico, que traducir al personaje en incesantes briznas, en incesantes soles, para hablar en sentido metafórico de la existencia. Con Arenas, Vallejo da paso, en principio, a su incondicional apuesta por la vida, pero no solo de ésta vida efímera del que hablamos los mortales, sino del que trasciende más allá de la muerte. Sus pasos, a veces cargados de frenesí, al son de los cambios de luces y sonidos, dejan entrever al Vallejo autentico, galante, irónico, perseverante que, a pesar de algunos trastabillos, se levanta y con paso firme avanza mientras discute con el destino, que solo él es el responsable de llevarla hasta los límites de la grandiosidad.
Pero encarnar esa personalidad hecha de acero, ese carácter que brilla más cuando se suben los escalones de la inconvencionalidad sobre el arte; su pensamiento político revolucionario que halla innegablemente su par en los voluntarios de huesos fidedignos o, su filosofía que niega de manera constante a Schopenhauer, pasando por Nietzsche y estableciéndose finalmente en las cumbres heideggerianas; es la parte medular que Arenas sintetiza de manera extraordinaria sobre el gran autor de Trilce, en ese espacio llamado teatro, aquel microcosmos que arranca todas las grandezas y miserias del ser humano; ese espacio que hemos inventado para expresar lo que no podemos decir y vivir lo que nunca hemos vivido.
Reynaldo Arenas con talento inigualable, nos demuestra que Vallejo no es el poeta difícil y ajeno a las multitudes como tratan de encasillarlo, vanamente, los académicos. Tampoco es el hombre lúgubre, derrotado, que transita por los fríos caminos de París. Su misión es un compromiso que patentiza, paso a paso, una de las frases más importantes de Vallejo: “Todo arte o voz genial viene del pueblo y va hacia él”.
Por eso, en cada una de sus presentaciones en “Mi Vallejo, París y los caminos”, del conocido director y dramaturgo chileno Sergio Arrau, Arenas contextualiza el mensaje del poeta con nuestra realidad palpitante, donde todavía sobrevive la mezquindad ambiente, el temor a las ideas que hablan de los derechos inalienables del pueblo, la discriminación racial y económica, la corrupción y otros males del que fue víctima el propio Vallejo.
Graduado en la Escuela Nacional de Arte Dramático del Perú, Reynaldo Arenas es, de manera indiscutible, uno de los mejores actores que tiene nuestro país en los últimos tiempos y su don de gente, que camina a la par de su envergadura artística, nos dice finalmente que Vallejo le enseñó a Ser un hombre “más humano”.

Miguel Pachas Almeyda.

Lima, verano del 2012.

enero 3, 2012

GEORGETTE VALLEJO Y MARIO VARGAS LLOSA

Mario Vargas  Llosa y una sonriente Georgette Vallejo.

Este 7 de enero se celebra el 104 aniversario del nacimiento de Georgette Vallejo, esposa del autor de Trilce. Y, pasado los 27 años de su desaparición solo física, me parece interesante y significativo escribir algunas líneas para señalar la relación que tuvo con nuestro Nobel peruano, Mario Vargas  Llosa.

Aunque se desconoce la fecha exacta de cuando se conocieron, todo indica ─a decir del testimonio que brinda Vargas Llosa en El pez en el agua─ que fue por los años de 1954, año en que éste trabajaba con Raúl Porras Barrenechea en su casa de la calle Colina de la que Georgette Vallejo, entre otros renombrados personajes, era una asidua visitante. La amistad que puede situarse hasta límites admirativos entre Raúl Porras y Georgette Vallejo, merece un estudio aparte.

Es allí y por esos años que se conocieron Mario Vargas  Llosa y Georgette Vallejo, a quién el renombrado novelista calificaría como “la temible Georgette”.[1] Sin embargo, es el año de 1957 cuando los saludos y las cortesías propias de la formalidad, se transforman en amistad entre Georgette y el autor de La casa verde, cuando éste era todavía un estudiante sanmarquino y trabajaba en Radio Panamericana, además de ─según él─ aprendía más sobre el Perú en las investigaciones que hacía bajo la batuta de Raúl Porras, su maestro.

En setiembre de 1957, la revista francesa La Revue Francaise organiza un concurso de cuentos cuyo premio era un viaje de quince días a París. Vargas Llosa escribe El desafío, un cuento que integrará la colección de Los Jefes que el autor publica en 1959. Este relato ambientado en las cálidas tierras del norte peruano, específicamente en Piura ─lugar donde el escritor había estudiado su último año de la secundaria e hizo sus primeros pasos de dramaturgo con su obra La huida del Inca─, trata sobre un anciano que ve morir a su hijo en un duelo a cuchillo. Esta breve narración, considerado por algunos críticos como el mejor cuento de Vargas Llosa, fue lingüísticamente hablando, revisado y abrillantado en su traducción al francés, por Georgette Vallejo.[2]

Esta traducción logró aproximar de la mejor manera el cuento de Vargas Llosa a la lengua francesa e hizo que su autor se adueñara del codiciado premio que, desde ya, era toda una obsesión para el autor que soñaba con estrechar las manos de su admirado Jean-Paul Sartre. Este proceso de traducción realizado en el departamento de Georgette de la calle Dos de Mayo en Miraflores, acrecentó la amistad entre ambos. Una amistad que, a pesar de ciertos desencuentros y pareceres disímiles, dejaba entrever la simpatía y la admiración que tuvo Vargas Llosa hacia la figura de la temperamental Georgette.

Dejemos que el ping pong corra en dirección del novelista consagrado hacia la tenaz esposa del poeta Vallejo. Según él, Georgette “[era] una persona fascinante, cuando contaba anécdotas de escritores famosos que había conocido”, pero que exageraba cuando emprendía una cerrada defensa en cuanto a la vida y obra de Vallejo: “Todos los estudiosos vallejianos solían convertirse en sus enemigos mortales. Los detestaba, como por si acercarse a Vallejo le quitaran algo”.  Pareciera que Vargas  Llosa hasta los años de 1993, en que escribió sus memorias en El pez en el agua, no era consciente de la verdadera lucha que emprendiera Georgette en el lapso de su vida peruana que van desde 1951 hasta 1984. No había comprendido, quizás, que su lucha tenía que ver con que se conociera la vida y obra de César Vallejo de manera fidedigna; o que ella libraba grandes batallas para hacerse respetar como única heredera y propietaria de los derechos de autor y, no supo o no pudo valorar que, gracias a ella, los restos del poeta descansen en el lugar que él había soñado, antes de dejarnos en el fatídico año del 38.

Dejándose llevar por un comentario de Pablo Neruda, escribió que “Vallejo tenía tanto miedo a Georgette que se escapaba por los techos o las ventanas de su departamento de París para estar a solas con sus amigos”. Difícil dar crédito a estas afirmaciones ─corroboradas por Marco Aurelio Denegri─ pues, aparte de “escaparse” de esa manera desde un piso alto del edificio donde vivían en la rue Moliére 19 de París, es inconcebible que el poeta le tuviera “miedo” a su esposa, a pesar que era consciente que tenía un fortísimo carácter.

Destaca que Georgette poseía algo que no es común en muchos de los mortales, me refiero a la alta sensibilidad y solidaridad con los que menos tienen. En una oportunidad cuando la invitaron a almorzar en La Pizzería de la Diagonal, Mario y Julia ─por entonces su esposa─ fueron testigos de cómo Georgette los reprendió a ambos, con lágrimas en los ojos, “por haber dejado comida en el plato habiendo tantos hambrientos en el mundo”. Destaca, además, dejando de lado su conocida intemperancia, que era generosa porque se “desvivía por ayudar a los poetas comunistas con problemas económicos o políticos a los que, a veces, en tiempo de persecución, ocultaba en su casa”. Faceta política que ha sido refrendada por Max Silva Tuesta pero desconocido enfáticamente por Fernando de Szyszlo.[3]

Vargas Llosa considera que la amistad con Georgette era sumamente difícil “como atravesar un campo de brasas ardientes”, pero que a pesar de ello, siempre la buscaba para sacarla a pasear los sábados y, cuando vivía en París lo “ayudaba a cobrar algunos derechos o le enviaba medicinas homeopáticas”. La vio por última vez en la librería Mejia Baca y ante la pregunta que le hizo para conocer como estaba y como le iba, ella le espetó con la sinceridad que le era característico, expresiones crudas pero lleno de verdad, por el sufrimiento que obtenía cuando con una espada en el aire defendía el legado de Vallejo: “¿Cómo le puede ir a una en este país donde la gente es cada día más mala, más fea y más bruta?”.[4]

Empero, es muy poco lo que se conoce de alguna opinión de Georgette sobre Vargas  Llosa. La que tenemos tiene que ver con una pequeña observación que le hace al autor de Conversación en la Catedral, que alguna vez le contara a Max Silva Tuesta: “Mario es un exigente en la comida, es un engreído”.[5]

Finalmente, se puede aducir que en el fondo, entre Georgette y Mario Vargas Llosa existió una amistad lleno de consideraciones mutuas: él la admiraba y estimaba como una mujer temperamental pero de lucha y que supo apoyarla cuanto estuvo a su alcance. Ella también lo admiraba, como un escritor joven que basado en su talento ya era toda una promesa en las letras, apoyándolo en la traducción de El desafío, la primera obra con el que el novelista iniciara la cosecha de una larga lista de premios que halló la cumbre cuando obtuvo, merecidamente, de la Academia Sueca, el Nobel de Literatura 2010. Cuando Vargas Llosa recibió de manos de mi amiga, una peruana radicada en París por muchos años, la señora Jenny Rivas, el libro Georgette Vallejo al fin de la batalla en los amplios ambientes de la Casa de América Latina de Paris, dijo esbozando una sonrisa y quizás con algunos recuerdos llegados a su mente de esta gran mujer: “Ahh, un libro para Georgette. ¡Qué bonito!”.

Miguel Pachas Almeyda                                  Lima, verano del 2012.

 


[1] Vargas Llosa, Mario. El pez en el agua, Barcelona, Seix Barral, 1993, p. 277.

[2] Ibíd., p. 456.

[3] Pachas Almeyda, Miguel. Georgette en la óptica de Fernando de Szyszlo. Georgette Vallejo al fin de la batalla, Lima, 2008, p. 339.

[4] El pez en el agua, p. 458.

[5] Pachas, op. cit., p. 299.