CUARTO AUSTRAL: ENTRE LA SOLEDAD Y EL AMOR

 

CUARTO AUSTRAL: ENTRE LA SOLEDAD Y EL AMOR

                                                    Por: Miguel Pachas Almeyda.

“Tú y yo solos, somos un secreto, un invento de primavera…”. Jesús Cabel.

 

¿Es más dolorosa la soledad en las oscuras y frígidas paredes albicantes de una celda, del que nos habla Vallejo, o la tremulante soledad por la ausencia de la amada? Una respuesta aproximada a tamaña interrogante, nos brinda Jesús Cabel en su última obra poética titulada, Cuarto austral.

¿Qué poeta de grandes dimensiones no hizo de la amada, su musa inmortal? Jesús Cabel es un poeta autobiográfico. El amor había llegado a su vida cargado de luces y con sabor a esperanza; sin embargo, en el camino fue inevitable el alejamiento y pronto, cual trago amargo apareció la incertidumbre. En su habitación o Cuarto austral como él gusta llamarlo, allá en las lejanas tierras de nuestra heroica ciudad de Tacna, el poeta mide su valía de hombre  ─como diría Nietzsche─ por la cuantía de soledad que es capaz de soportar.

En los tres capítulos que contiene la obra, el poeta sostiene un soliloquio que desencadena necesariamente en un diálogo quemante con la amada; verbigracia, estos versos que parecen brotar como un susurro en una noche de plenilunio: “Tú / y yo / solos / somos un secreto / un invento de primavera…”. En la distancia, inolvidables sobreviven los recuerdos de su imagen, su voz de trino y su forma especial de ver la vida: “el otoño [tiene] olor a frutas /maduras y jugosas… el invierno es chocolate caliente / con panqueques ─me dices─ calor humano compartido / esas son tus estaciones / esa es la vida de colores y sabores”. Sin embargo, a pesar de los recuerdos, el cuarto convertido en un infierno es el principal escenario de esa helante soledad del que alguna vez nos habló Georgette Vallejo: “… pero el cuarto ¡ay!… es un refugio / oscuro… donde mi rostro es una / fotografía / silenciosa… es un infiernillo / ajeno al bullicio / de las calles / rutilantes…”.

No queda más que nombrar a la amada entre esas cuatro paredes y lanzar al viento algún adjetivo, alguna propuesta o salida inesperada, o acaso algunas interrogantes: “ ¿Quién es ese tú / que no soy yo?, ¿qué campana / del aire / tocar / para estremecer / las flores / de este sueño / desorbitado?, ¿alguna vez/  has llorado / cuando el invierno / cae y aplasta / los párpados /  los pétalos / y los recuerdos?, ¿acaso eres la espuma / temblorosa / que refulge sobre / el pavimento / en las mañanas / frías / del otoño?, ¿tal vez un / copo / de nieve / congelado / en el tiempo?, ¿o la desilusión / extrema / de un beso / calcinado en la / distancia?”.

Si algo podría renacer de esa errante soledad, es la esperanza, que el poeta suscribe en el sentido vallejiano del término: “Quiero hablar de la esperanza / verde / como la aurora / austral…”. Allí la presencia fundamental de la figura paternal, aquel hombre que “conocía al tacto / las fibras vegetales”, para quién el poeta había escrito el día que dejara este mundo terrenal, una de las mejores loas a su cuasi divina existencia y magisterio: “¿cuál es el problema? / ─me decía─ / hay que alargar / los recuerdos / con palabras / bellas/ invéntate otro nombre / pero aléjate / del precipicio…”.

     Sin embargo, en el yo poético subsiste una fuerte necesidad de encarar la situación, una impotencia que requiere urgente solución, aunque para ello habría que mostrarse hosco, duro y pleno de firmeza: “Esperanza ¿estás? (…) ¡ah! esperanza / extraña y vana / eres… ¿qué misterios esconde / tu pasado / de otro tiempo / cuando tus labios / florecían al sol / de la vida / y tu voz era / dulce / melodía de oleaje / y de reposo?, ¿por qué tienes / el rostro / de la soledad / y te aferras / a esa música rara / del espanto / tan antigua y / oscura / como una noche /  fantasmal?”.

No cabe más que la resignación, pero el amor permanece incólume: “acuérdate que adoro / todo lo que significa / esperanza / y no espera / que te espera / día tras día / que llegarás / luminosa / entre los libros / alborotados… Acuérdate / a veces fuiste / una gran / fiesta / que reconocía desde / mi instinto animal / embelesado / el olfato / bajo la lluvia…” La derrota es inminente y el dolor da paso al inevitable final: “¿la esperanza puede / desfallecer / a través de los / cristales / envejecer sin / la terneza de una / despedida? / acéptalo callado / el desamor es / eso…”. En fin, ¿qué es un hombre / cuando fracasa en el amor? / ¡una pesadilla andando!”

Tal como Vallejo, Neruda, Borges y grandes filósofos como Nietzsche y Schopenhauer que estuvieron inmersos en tan dolorosa temática que envuelve de manera singular nuestro cuerpo y alma; Jesús Cabel nos muestra a través de este su Cuarto austral, una inequívoca y extraordinaria sensibilidad que nos hace revivir a través de sus versos el sufrimiento estremecedor de la soledad, que es más dura e insoportable cuando tiene que ver con alguien que está muy dentro de nuestro corazón. Finalmente, no nos queda más que decir al son de los versos de nuestro gran poeta: “poesía / sálvame de este / laberinto”.

 

 

Lima, 05 de febrero del 2013.

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