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CÉSAR VALLEJO Y LUIS E. VALCÁRCEL: UN MISMO DERROTERO INDÍGENA

mayo 2, 2013

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     Uno de los puntos más sensibles de la portentosa obra de César Vallejo, viene a ser la defensa y valoración de nuestra cultura ancestral, que lo llevó a exclamar desde Los heraldos negros, este verso que debería convertirse en un latido universal en el corazón de todos los peruanos: “Y lábrase la raza en mi palabra”.

César Vallejo y Luís E. Valcárcel ─uno de nuestros historiadores más representativos e incansable luchador en el proceso de reivindicación de la masa indígena─ se conocieron epistolarmente en 1935 y personalmente en París de 1937. Iniciaron una fecunda amistad y sus grandes inquietudes tuvieron como leitmotiv un mismo derrotero indígena. Prueba fehaciente de esta gran amistad y centrales preocupaciones por el hombre andino ─“eje social indiscutible del Perú, según Vallejo─, vienen a ser las tres cartas que el autor de Trilce remitió a Valcárcel en la década del treinta; valiosos documentos  que se encuentran actualmente en el archivo del Ministerio de Cultura del Perú.

En una misiva del 7 de diciembre de 1935, el poeta se adhiere a la causa de Valcárcel y le manifiesta que sigue con sumo interés no solo su labor a la cabeza del Museo Nacional de Lima, sino de sus artículos y comentarios sobre arqueología e historia del Perú, aduciendo que le interesa “entrañablemente por los trances, pasados y presentes de [su] raza”. Finalmente, enfatiza esta premisa valedera de sus convicciones que vemos reflejadas nítidamente en su obra cenital, no solo con una perspectiva del pasado sino del futuro: “la carne viva de los andes [el indígena], es uno de los principales trampolines de un Perú que vendrá”.

En realidad, la lucha por reivindicar al indio en el Perú no era fácil, como no lo es hasta ahora. En carta del 15 de marzo de 1936, Vallejo reconoce esta triste realidad de nuestro país donde el indígena, según sus propias palabras, tanto en la colonia como en la República, era tratado como un extranjero en su propia tierra: “Me doy cuenta de la lucha que debe usted sostener allí con las tinieblas y concupiscencia criollas, para llevar a cabo la empresa nacionalista de verdad en que está usted empeñado. Todos los légamos de que me habla usted, los conozco”, escribe Vallejo, convencido plenamente de la difícil empresa que ha asumido el autor de Tempestad en los andes. Sin embargo, a pesar de las circunstancias adversas, confía plenamente en la fortaleza de nuestro historiador y le dice: “¡Y estoy seguro de que no huirá usted!”.

Si existe algo importante en las palabras de Vallejo ─siempre luminosa como un faro gigante en la inmensa oscuridad del proceso reivindicativo de la masa indígena─ son estas afirmaciones que pinta de cuerpo entero toda esa portentosa obra que aludimos: “El interés que siento por tal empeño procede de una convicción tanto más entrañablemente humana, cuanto que ésta se apoya, me parece, sobre conclusiones científicas de curso universal y corriente en nuestros días…”. (El subrayado es nuestro).

Es, sin embargo, la última carta entre estos dos grandes defensores de nuestra raza, la más reveladora: se habla del regreso del poeta a su Perú del mundo, al que se adhiere incondicionalmente. El 2 de febrero de 1938, a dos meses y medio de su inevitable partida del 15 de abril, escribe: “Le agradezco cuanto me comunica en lo que toca a mi proyectado viaje al Perú, viaje que, a juzgar por el fracaso de la persona encargada de gestionar mi pasaje, creo que se verá postergado por algunos meses”. A la luz de sus palabras, significa que Valcárcel sino directamente comprometido con el regreso de Vallejo al Perú, se encontraba muy cerca de la gestión gubernamental. En sus memorias, el historiador moqueguano dejó constancia de ese impase que privaba el regreso de Vallejo a tierras peruana: “A tal punto era inminente su regreso en 1937 que hicimos planes para editar en Lima una revista. Era lamentable, uno de nuestros más destacados valores intelectuales no conseguía los medios para volver a su país”.

Reveladora también es la propuesta de Vallejo de traer a América como un gran difusor de nuestra riqueza ancestral, al escritor y poeta rumano, Tristan Tzara, uno de los autores fundamentales del Dadaísmo, de paso gran amigo europeo con el cual le unía un “mismo punto de vista de las ideas universales”. Vallejo planteaba que Tzara inicie una serie de conferencias partiendo de la Universidad de Montevideo, pasando luego por claustros universitarios de Argentina, Chile, Perú, Ecuador, Colombia y finalmente, Cuba.

Sin duda, César Vallejo y Luís E. Valcárcel, además de Mariátegui, Alegría, Escorza y Arguedas, pasando por el gran Manuel González Prada, representan esa pléyade de intelectuales que nos han señalado el camino a seguir en el proceso reivindicativo de los hombres de nuestro Perú profundo.

Miguel Pachas Almeyda                                                Lima, mayo 2013.