POEMAS HUMANOS: UNA OBRA UNIVERSAL

Después de Los heraldos negros (1919), Trilce (1922) y Poemas en prosa (1923-24-29), César Vallejo escribió Poemas humanos (1931-1937), una de las obras fundamentales que lo lleva a la cima como el poeta más importante del siglo XX.

Si bien en Los heraldos negros evidencia las huellas del modernismo, una impronta muy personal y un profundo rechazo por la condición humana, y en Trilce ofrece la prueba más fidedigna de su rebelión en contra del academicismo reinante, es en Poemas humanos donde cubre su poesía con el fresco velo de la esperanza y la solidaridad humana. Sin duda, su adhesión al marxismo y una vida sumamente complicada y difícil en París, fue el substrato de esta poesía que nos habla de un cambio radical en la sociedad humana: un mundo de igualdad y de justicia para todos.

Esta obra nació ─según Georgette ─ en la lejana Unión Soviética cuando el poeta, invitado por el Soviet al Congreso de Escritores Simpatizantes, realizó uno de sus últimos viajes a dicho país en 1931. Composiciones importante de este poemario son “los mineros salieron de la mina”, “Salutación angélica”, “Gleba”, “Telúrica y magnética”, “hoy me gusta la vida mucho menos”, “Dulzura por dulzura corazona”, etc.

Sin embargo, la muerte se cruzó en el camino de Vallejo un 15 de abril de 1938, quedando esta obra en el cajón de los inéditos. En el poema “Los nueve monstruos”, dejó claramente escrito su insatisfacción y una especie de protesta o de reclamo a viva voz: “¡Cómo hermanos humanos, / no deciros que ya no puedo y / ya no puedo con tanto cajón…”. Georgette Marie Philippart Travers, su tenaz esposa, a quién el poeta amó “con fósforos floridos”, fue la responsable de difundir no solo su obra póstuma, sino su emblemática figura en todo el mundo.

Mecanografió toda la poesía póstuma de Vallejo, las ordenó y publicó con el título de Poemas humanos, en julio de 1939, en París. A partir de esta obra que tiene tres partes bien definidas: Poemas en prosa, Poemas humanos y España, aparta de mí este cáliz, Vallejo inició el largo camino de un reconocimiento mundial. En nuestro país no se dijo que era un poeta de nivel internacional ─a pesar de las importantes valoraciones de Antenor Orrego y José Carlos Mariátegui─ sino a partir de los grandes estudios realizados por vallejólogos extranjeros como André Coyné, James Higgins, Giovanni Meo Zilio y Roberto Paoli, entre otros.

En setiembre de 1939, irrumpió la Segunda Guerra Mundial en Europa. Cuando las tropas alemanas se aprestaban ingresar a París, Georgette, percibiendo el inminente peligro realizó dos acciones importantes: Protegió los manuscritos de la obra en prosa de Vallejo y gestionó el traslado de los restos de Vallejo al Perú. Se dirigió a la Legación peruana y dejó encargado los manuscritos: “Aquí, señor, está la obra en prosa completa e inédita, como usted sabe, de César Vallejo. Entrados los alemanes en París, dudo que el expediente de comunista que tengo en la Prefectura haga muy firme mi cabeza sobre los hombros. Si, la guerra terminada, aún estoy viva, usted me la devolverá. Si he desaparecido, usted sabrá que hacer con ella… “.

“Pronto ─prosigue Georgette─ los alemanes están en las puertas de la capital, cuyos habitantes queman en los depósitos todas las reservas de alimentos en conservas… Teniendo que recoger no se qué documento en la Legación del Perú, ahí regreso por tercera vez. Está vacía: todos los diplomáticos han huido a Burdeos. Solo queda el portero, un español, don José, a quien Vallejo le estrechaba la mano ante el mayor asombro de sus compatriotas. “Suba, por favor ─me dice─, suba y le traigo ahora mismo su papel. Subo y entro al salón que ya conozco y donde sobresale la gran chimenea de mármol blanco. Veo, asombrada, que está cubierta de kilos de azúcar, de tallarines en paquete, de velas, sal, botellas de aceite, sardinas en lata… y mezcladas a todo ello, páginas escritas a toda máquina…. Distraída me acerco, maquinalmente tomo una de ellas… Lo que veo es apenas creíble: todas esas páginas son las obras inéditas de Vallejo. Ni siquiera olvidadas, al último momento de la huida, en el cajón de algún mueble. No. Están aquí, tiradas, manchadas, sucias, inservibles… Cuando el portero aparece, ya he recogido la obra de Vallejo”.

Mientras las bombas arrasaban la Ciudad Luz, Georgette se acercó a la Legación peruana para tramitar la repatriación de los restos de Vallejo al Perú. Le contestaron que el asunto se vería en un “momento oportuno”. En otras palabras, no era importante trasladar los restos de un poeta como Vallejo; un poeta desconocido e ignorado en su propio país por esos años.

Para despejar cualquier duda, Vallejo se aseguró que en una obra fundamental como es Poemas humanos, existiera una prueba irrefutable del gran amor que lo unió a Georgette. Ahí, entre otros, el poema Ello es que el lugar donde me pongo, del cual anoto estos versos: “De veras, cuando pienso / en lo que es la vida, / no puedo evitar de decírselo a Georgette, / a fin de comer algo agradable y salir, / por la tarde, comprar un buen periódico, / guardar un día para cuando no haya, / una noche también, para cuando haya (así se dice en el Perú – me excuso)”.

También encontramos en el otrora Korriscosso, ese humor fino que pocos exaltan, cuando nos refiere los “inconvenientes” que tiene para seguir al pie de la letra las misteriosas pautas de las musas: “¿qué me da , que me azoto con la línea / creo que me sigue , al trote, el punto”; o la situación se agrava, cuando: “Quiero escribir, pero me sale espuma, / quiero decir muchísimo y me atollo”.

Cuando eros lo invade por completo, y su adorada musa de carne y hueso es la hermosa Georgette, anuncia a los cuatro vientos este canto íntimo que encierra en palabras mayúsculas el AMOR: “Debajo de ti y yo, / tú y yo, sinceramente, / tu candado ahogándose de llaves, / yo ascendiendo y sudando / y haciendo lo infinito entre tus muslos”.

Empero, también eleva odas a su patria, a su tierra natal: “¡Sierra de mi Perú, Perú del mundo, / y Perú al pie del orbe; yo me adhiero!”. De pronto se ve invadido por una ternura infinita hacia sus congéneres, incluyendo a sus enemigos: “Me viene, hay días, una gana ubérrima, política, / de querer, de besar al cariño en sus dos rostros, / y me viene de lejos un querer / demostrativo, otro querer amar, de grado o fuerza, / al que me odia…”. También preconiza el fin de sus días en la tierra de su admirado Baudelaire: “Me moriré en París con aguacero, / un día del cual tengo ya el recuerdo”.

Finalmente, en esta obra, escribe uno de los versos que encumbra su grandeza de hombre y artista, cargado de una filosofía existencial: “En suma, no poseo para expresar mi vida, sino mi muerte”.

Este artículo fue leído con motivo del gran recital “César Vallejo… eternamente”, realizado por Ricardo Elías Roselló, reconocido declamador nacional, en coordinación de SIPEA-PERÚ, dirigida por la poeta Lucy Martínez Zuzunaga. Lima, Centro Cultural de la Municipalidad de Jesús María, 7 de octubre del 2013.

Anuncios

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s


A %d blogueros les gusta esto: